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SOCIEDAD / Día de Todos los Santos

Ritos de muerte en nuestra tierra

La provincia tenía numerosas tradiciones relacionadas con el fallecimiento de las personas que han ido desapareciendo

La excepcional fotógrafa Cristina García Rodero tiene sobrecogedoras series de imágenes relacionadas con los ritos de la muerte en las comarcas de la España rural. CRISTINA GARCÍA RODERO

Fulgencio Fernández / León
Día de Todos los Santos y Día de los Difuntos. Una fiesta de la muerte que nos llega en los últimos tiempos mezclada con celebraciones importadas, como la de halloween. Dos formas de celebrar los mismos días que nada tienen que ver.
La llegada de modas como la de halloween coincide con la desaparición de viejos ritos de la muerte que tanta presencia tuvieron en nuestras tierras, palabras que ya nada deben decir a quienes ahora bailan con una guadaña al hombro en las fiestas de halloween: El viático, la extremaunción, el velatorio, las campanas a muerto, las ofrendas, el mes de las ánimas… Celebraciones vinculadas a viejas tradiciones, a la España católica, al León rural, que propician algunas escenas hoy incomprensibles y siempre sobrecogedoras.
La muerte es la gran protagonista. Las campanas, ese lenguaje eterno que evitaba a los pueblos tener que preguntar nada, tenían su propio toque para ese momento trágico. Una campanada, un silencio, dos campanadas, un silencio, una campanada…
Había lugares de nuestra provincia en los que el lenguaje de las campanas era aún más específico y en vez de dos campanadas en su toque a muerto daban tres ¿Qué significaba? Cuando los toques eran tres el fallecido era un varón, dos toques nos hablaban de la desaparición de una mujer.
Cortaban estos toques con pena el aire de nuestros pueblos y los vecinos salían a la calle a preguntar quién era el desdichado, aunque generalmente ya se sabía.
La sorpresa coincidía muchas veces con la muerte de un niño. Todos los campaneros reconocen que el toque a muerto de un niño es el momento más duro y complicado de su trabajo. El más triste. Pedro Delgado, tantos años campanero en Villabalter, explicaba que ‘‘se te parte el alma tener que tocar las campanas cuando sabes que avisas de la muerte de un niño o cuando, ya en el entierro, ves salir por la puerta ese pequeño féretro blanco que lleva a un ángel’’.
Los niños muertos tienen su propio toque de campanas, que tiene que ver con esa condición de ángeles que se les otorga. Quieren en su sonido reproducir un estribillo que el campanero va repitiendo: ‘‘Bien van, / van bien / bien van / pa la gloria van’’.
También con la muerte de un niño tiene relación uno de los ritos más extraños y duros de nuestras comarcas. Difícil de entender si no se piensa en la desesperación de una madre que tiene que pasar por el que está considerado como el trago más duro de la vida de cualquier ser humano, enterrar a un hijo. Y si este es un niño…
Así se puede entender una costumbre que queda reflejada en algunas fotografías que se guardan en los cajones de muchas casas. Una madre con su hijo muerto en brazos, vestido con sus mejores galas, casi siempre de blanco el niño, de negro la madre. ‘‘¿Sabe usted otra forma de poder besar a mi hijo cada día de mi vida?’’, me preguntó la mujer que aparece en una de estas fotografías. Algunas imágenes de los velatorios de niños en la España rural, como las recogidas porCristina García Rodero en Galicia, son verdaderamente impactantes.
Viático o extremaunción
Pero nos hemos adelantado en los ritos de la muerte. Anterior al sonido de las campanas era la administración del viático al enfermo cuya muerte se anunciaba como cercana. Un ceremonial solemne y sobrecogedor acompañaba a este rito, sobre todo en las oscuras noches de invierno en las que llegaba a ser fantasmagórico.
Un monaguillo iba tocando la campanilla (también había un toque previo y específico de campana que llamaban ‘toque para dar Dios’) para que los vecinos se fueran sumando a la comitiva que acompañaba al sacerdote de la localidad camino de la casa del moribundo. Los vecinos encendían velas que llevaban en sus manos, los monaguillos portaban dos faroles a los lados del cura, quienes se cruzaban con la comitiva se arrodillaban y en los pueblos que había cofradías tenían velones específicos para este rito.
Cuando el enfermo iba empeorando poco a poco y este momento era esperado la familia del enfermo preparaba la casa con las mejores galas para recibir a la comitiva. Ponían sábanas blancas en las paredes, alfombras nuevas, colchas en las ventanas y se preparaba una mesa con un crucifijo y lámparas a modo de altar para el sacerdote. Agua bendita de la que se recoge en la noche del Sábado Santo y un trozo del ramo del domingo de Ramos completaban el ‘altar’.
Cuando llegaba el sacerdote se rezaba el Rosario de la Buena Muerte, ese que repite el estribillo de ‘danos, Señor, buena muerte, por vuestra pasión y muerte’.
Entre estos rezos y otras oraciones se le iba escapando la vida al enfermo y era para los practicantes católicos (y los no tanto en aquella España rural) la muerte ideal.
La mortaja
Llegaba tras la muerte el momento de la mortaja del fallecido, que solían ponerle algunos vecinos habituales en este difícil trance. Las mejores ropas del fallecido se utilizaban para el último viaje, en muchas ocasiones se usaba el traje de boda que habían guardado para este momento y también era frecuente en algunos lugares el hábito de los franciscanos (en honor a San Francisco).
Una vez amortajado se tendía el cadáver sobre la cama o el suelo rodeado de cirios encendidos.
Comenzaban entonces otros trabajos, como abrir el nicho o el panteón de la familia, prepararlo para recibir al fallecido, sacar los huesos de los muertos que ya llevaran mucho tiempo, ir a buscar la caja a algún artesano local…
Velatorio
Es muy reciente la costumbre de llevar los muertos a los tanatorios. De hecho en algunas casas de nuestra tierra se sigue manteniendo la tradición de velar a los enfermos, del velatorio. Todo el pueblo acude a acompañar a la familia del difunto y cuando iban llegando se repetía la fórmula.
– Dios te lo pague; decía la familia del muerto.
– Y a vosotros la devoción; respondía quien llegaba a la casa.
Las conversaciones sobre asuntos del pueblo y recuerdos del fallecido hacían llevadera la noche. Los hombres solían estar en una habitación, donde se sucedían más anécdotas, y las mujeres junto al cadáver, donde cada cierto tiempo se hacían algunos rezos.
También las campanas tenían presencia en este rito pues cada cierto tiempo volvían a sonar. Toques lentos que llamaban ‘las posas’, los recuerdos de que hay un muerto en la localidad.
Un desayuno de pan y aguardiente, o anís para las mujeres, cerraba este rito cuando los vecinos se iban a sus casas para prepararse para el entierro, pues casi era un precepto acudir. En algunos pueblos las ordenanzas contemplaban sanciones para quienes no acudieran, tal y como recoge Elías López Morán en su ‘Derecho consuetudinario leonés’. ‘’Cuando falleciere algún vecino, grande o niño, al toque de campana se acudirá al entierro bajo multa por no asistir’’.
Entierro
El día del entierro los hombres de la familia lucían brazalete negro o un botón negro en la solapa y las mujeres luto riguroso. Muchas viudas lo llevaron durante toda la vida o durante décadas, sobre todo cuando el fallecido era muy joven.
El féretro salía de la casa hacia la iglesia o directamente al cementerio, pues en la propia casa el sacerdote oficiaba un rito solemne. Si se llevaba a la Iglesia era costumbre que el féretro no entrara, quedaba en el atrio.
Durante el trayecto hasta el cementerio, en el que los vecinos y familiares llevaban el féretro en hombros, volvían a tocar las campanas a muerto. La orientación del cadáver en el nicho era uno de los asuntos tenidos en cuenta a la hora de posar la caja en su asiento definitivo, pues hay muchas creencias relacionadas con ello.
La caridad: orujo y pan
Igual que el velatorio se cerraba con una ronda de orujo y pan, después del entierro también era costumbre, sobre todo para los que habían venido desde otras localidades, acercarse nuevamente a la casa doliente pues allí se servía ‘la caridad’, de nuevo pan y ahora vino en vez de orujo. Según las localidades o las familias se añadía queso casero, escabeche u otras viandas, algún dulce.
En muchos lugares la comida del entierro se convertía en un gran banquete por el número de asistentes, dependiendo de las familias y las comarcas. En algunas no había estas celebraciones y en otras eran habituales, como en las riberas del Órbigo.
Día y limosna de ánimas
El punto final de estos ritos llegaba el Día de Todos los Santos. Los mozos del pueblo tocaban a muerto las campanas en la noche del 31 de octubre, ya día 1. También había una procesión específica de este día, la llamada del ‘Recorderis’.
Era el día del recuerdo y el comienzo del mes de las ánimas, en el que también se celebraba el novenario de las ánimas y otras muchas tradiciones populares.
Entre las más singulares está la de Oseja de Sajambre, la llamada ‘Limosna para las ánimas’,según la cual las campanas tocaban a muerto al atardecer y los mozos recorrían el pueblo pidiendo limosna para las ánimas. El más joven llevaba un saco para los donativos. Al día siguiente se celebraba un Concejo en el que se subasta el maíz y con el resto los mozos tendrán una cena festiva, unos días después, ya superada la fecha de los Santos.
Viejos ritos y tradiciones demuerte, reflej0 de unos tiempos que ya han pasado y no volverán.

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