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UNA IMAGEN Y 242 PALABRAS


Nueva edición de la
pasarela telares

La ausencia de normas, las nulas ganas de aplicarlas si existen, el favorín que me debes, el gusto por los telares, el afán por no tirar, el vicio de aprovechar y cien manías más han convertido un paseo por nuestros pueblos en un viaje de ida sin vuelta al mundo de las sorpresas, la admiración y la indignación en menos metros cuadrados que se baila un tango.

Todavía no has acabado de admirar y alabar la casa reformada, la de teja y madera, la de los corredores cargados de flores y la chimenea echando el humo que hace señales de que allí se vive y se enciende, se cocina y se disfruta; cuando chocas de bruces con un chiringo de chapa y mal gusto, con una sucesión de piezas oxidadas que sujetan unas uralitas rotas sujetas con piedras que amenazan tu cabeza. Debajo unas gallinas encarceladas en jaulas que asfixian en verano y congelan en invierno no dejan de cacarear pidiendo a voces que el zorro venga y acabe con su penar.

Y los huertos cerrados con somieres. Y las cajas de los camiones convertidas en incómodas cuadras. Y los bombos de las lavadoras hechas floreros. Y los bidones de la leche que ejercen de lienzo para paisajes de las montañas suizas. Y los cuadros de nudos marineros en tascas de interior. Y los arados colgados de la pared, los trillos hechos mesa, las mesas con hule de cuadros...

La pasarela telares.

df
Mauricio
Peña

Ful
Fulgencio
Fernández


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