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UNA IMAGEN Y 222 PALABRAS


La hora de
la galbana

Decía el entrañable Antonio Pereira que “la poesía es ese género que te permite hacer algo a esa hora tan perdida de las ocho de la tarde”.

Buena definición y buena ocupación para esa hora perdida. Pero cuando él eligió las ocho de un día cualquiera y no las cuatro de la tarde de un día caluroso del mes de julio fue por algo. Ni poesía se puede leer o escribir cuando el sol pega ‘de plano’ en tierras como las de la Maragatería (en la fotografía), a esa hora en la que las mujeres con vestido negro colocan un periódico que haga sombra sobre el pañuelo de su cabeza, a esa hora en la que los hombres se sientan en el banco a la puerta de la casa y sueltan los botones de su camisa dejando al aire su enorme barriga blanca, a esa hora en la que las vacas moscan y corren sin norte buscando la sombra de una escoba, a esa hora en la que ni siquiera a los tábanos se les golpea con fuerza y simplemente se les espanta con desgana cuando una y otra vez se vuelven a posar en tu nariz, a esa hora en la que incluso los perros tienen galbana para atravesar el pueblo y caminan tristes siguiendo la linea de sombra, camino de ninguna parte.

— ¿Nada de nada se puede hacer?

— Hombre, sestear.

df
Mauricio
Peña
Ful
Fulgencio
Fernández

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