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UNA IMAGEN Y 222 PALABRAS


Siempre hay
alguien al otro lado

Si atraviesas el barrio de San Mamés en cualquier mañana de invierno encontrarás, delante de algún escaparate, a Pepe el de Rodillazo.

Vivió solo muchos años en este pueblo con su hermana. Antes había pasado décadas bajando cada amanecer con el bidón de leche, a lomos de su burro, para entregarlo en el cruce de Felmín al camión de la leche. Disfrutó de aquella soledad regando el huerto y paseando, cogiendo leña para la lumbre, mirando por la ventana, escuchando el río. Un día llegó un conocido periodista y para disculpar que era el único habitante del lugar le explicó: “Viene usted en muy mala época, en pleno invierno. Aquí, en verano, se juntan siete coches o más”.

Pero un día, la edad, tuvo que bajar para León. No había huertos, no se escuchaba el río, no había leña ni tenía que encender la lumbre de la cocina cada mañana. Paseando por las calles descubrió la vida que hay en cada escaparate, aquella que cantaba Rafael Amor: “Un caballo de cartón galopa una ilusión por toda la vidriera y un oso gordinflón pintado de marrón, ojos de lentejuelas, a una princesa azul, con vestido de tul, gracioso se le acerca...”.

Si lo ves, entusiasmado mirando, viviendo en el escaparate, sabes que es verdad la amenaza de los sembradores de desconfianzas: “Siempre hay alguien al otro lado”.

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Mauricio
Peña
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Fulgencio
Fernández

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