este fin de semana he podido, de nuevo, comprobar cómo gran parte del mundo que nos rodea está evolucionando a marchas agigantadas hacia posiciones que recuerdan demasiado a épocas pasadas. En un estado en el que la crisis comienza ya a afectar a numerosas personas, no es demasiado desaventurado echar la vista atrás y observar los problemas que generó la caída de la bolsa en el año veintinueve en la década posterior, una época que no sólo arrastró a la economía americana y a la de los estados más desarrollados, sino que fue el germen de convulsos procesos que fueron surgiendo a raíz de esos episodios.
En aquella época, la crisis económica y el hundimiento de la economía hizo que las tasas de paro, absolutamente descontroladas, y la caída general de la riqueza con el empobrecimiento de grandes masas propició el florecimiento de los regímenes totalitarios en gran parte de Europa, a los que las democracias incipientes y los partidos políticos tradicionales que las respaldaban, y que vinieron a sustituir al absolutismo no fueron, en su mayor medida, capaces de plantear argumentos que convencieran a los votantes. La reacción popular fue tan poderosa que en algunos territorios, con la fuerza de los votos, se llevó por delante no ya a los partidos tradicionales, sino a regímenes completos.
Hoy, en el País Leonés, nos encontramos en una posición que recuerdo demasiado aquella época, en la que el descontento debido a la falta de libertad que sufrimos los leoneses, encerrados en una autonomía que día a día nos empobrece y que nos roba nuestros impuestos para favorecer la economía castellana, está convirtiendo en una auténtica olla a presión a nuestra sociedad. Las consecuencias de que el País Leonés, y más en una época de crisis, no tenga ni un mínimo de capacidad de autogobierno pueden llevarnos a situaciones en las que no sólo se barran a los partidos sucursalistas, sino que se lleven por delante al actual sistema que nos impide desarrollarnos individual y colectivamente. Muchos debieran tomarse más en serio que los pueblos no aguantan eternamente la opresión, y que las reacciones, a veces, pueden no controlarse.
Abel Pardo Fernández es diplomado en Estudios Avanzados en Economía Aplicada