UNA IMAGEN Y 250 PALABRAS

Con el país y la |
Las finas paredes de los pisos de las ciudades permiten escuchar con nitidez los llantos desesperados de los niños . Te sobrecogen muchas veces por la sinceridad de unos llantos que hacen pensar que se les acaba el mundo, que algo grave les ha pasado, te dan ganas de llamar a su puerta para saber de sus males y ayudar a ponerles remedio para que cese el llanto y dolor. Si te decides a interesarte encontrarás que lo único que le ocurre es que no le dejan jugar con la Nintendo, que su hermano le ha quitado las pinturas, que sus padres se han empeñado en que ya es hora de ir a la cama o que alguien habla demasiado alto y no le deja escuchar los dibujos animados. No se acababa el mundo, ni mucho menos. En el mercadillo dominical, en medio del tumulto de vendedores y paseantes, un niño combate el frío en la cabeza con un gorro de su tierra andina y calienta su pequeño cuerpo con el calor que le traspasa su madre mientras atiende con amabilidad a cuantos llegan hasta su puesto ambulante para mirar mucho, preguntar algo y comprar muy poco. Pero el chaval no se inmuta. Ni llora, jamás llora, ni hace nada que le complique la vida a su familia, que ya bastante complicada la tiene con la necesidad de llevar la casa a cuestas, a sus hijos a hombros, a su país en la memoria... No todos los llantos son sinceros. |
![]() Mauricio Peña |
![]() Fulgencio Fernández |
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