En Omaña se ha detenido el tiempo, al menos en invierno cuando el frío aleja a los viejos de los bancos, acorta los paseos y acaba con los filandones en plena calle. El frío y la nieve recoge en sus casas a los pocos habitantes que allí se quedan (y en otras muchas comarcas de la provincia).
El frío vacía los bancos rústicos y acaba con la eterna broma de las épocas en las que tres habitantes del lugar (los que entran en el banco) se sientan al sol y a la conversación. Casi todos los que pasan dicen aquello de “vaya tres patas ‘pa’ un banco” escudándose, si hay protestas, en que son realmente singulares las tres patas del banco, tres trozos de madera que habían llegado entre otros muchos como troncos que iban a avivar el fuego de las cocinas, chimeneas y lumbres de las cocinonas para secar la matanza.
Tampoco los tablones habían nacido para banco. Un día alguien colocó un par de ellos que andaban por el corral sobre los troncos para que se sentara el abuelo, otro vecino añadió los respaldos y después llegó la pintura que había sobrado de puertas y ventanas. No había verde suficiente pero con el negro hace juego.
En otra ‘acometida’ cogerán color los asientos. Los troncos de las patas no, ésas tres necesitan que les puedan decir “¡vaya tres patas para un banco!”