UNA CIUDAD EN BLANCO Y NEGRO

Antes de que la ley |
Pocos dicen ‘vamos a matar el cerdo’ y por toda la provincia se repite aquello de la matanza del gocho. Una vieja tradición que no es tal pues más que tradición era supervivencia, llenar el arcón de carne e ir sacando pieza a pieza el pan nuestro de cada día. Todo un rito desde que poco después de amanecer se escuchan los estridentes gruñidos del animal sobre el banco, con las patas maneadas, que avisan a los vecinos de que el ‘matachín’ ya ha clavado su cuchillo con la puntería suficiente para que el bicho sangre bien y no se cuaje la sangre, esa sangre que cae generosa en los calderos que las mujeres revuelven para hacer después las morcillas (excepto si ellas tienen el periodo, que no se pueden acercar a estas faenas pues las ‘estropean’). La matanza era una fiesta, aunque con una faena dura para las mujeres de la casa, la de ir a lavar las tripas a las frías aguas del río, heladas si pensamos que del mes de noviembre hablamos pues el dicho ya avisa de que ‘por San Andrés toma a tu gocho por los pies y de Navidad no lo dejes pasar’. Los primeros solomillos tirados sobre la chapa con un poco de sal gorda, los torreznos, los chichos... y otros manjares son aromas que aún permanecen en la memoria de quienes los vivieron. También las comidas familiares después de matar, pelar (con agua hirviendo o cuelmos), abrir, estazar, colgar... ¿Y aturdirlo? Entonces la ley no se ocupaba de los gochos. |
![]() Fulgencio Fernández |
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