Desde hace algunos años vemos como paulatinamente se ha ido recuperando la épica de la victoria y posterior fracaso del totalitarismo, en un único discurso abolicionista sobre la época franquista. Oímos al mismo tiempo como la recuperación de la Memoria Histórica se abre camino con silenciosa dimensión. Y es que, esa historia de todos, ha atravesado cuatro guerras civiles entre 1833 y 1939 y dos dictaduras entre 1833 y 1975. Un bagaje caro y absolutista con excesiva confrontación política y más aún, humana. La provincia habla de fosas comunes y la comarca de La Robla abre las heridas en El Rabizo; el pinar de la tristeza y donde ahora, se pasea a los fallecidos con los honores que nunca tuvieron. El hombre ha sido cruel, enfermizo y salvaje. Su instinto vulneró la libertad, dio nombre a un Caín diabólico para ocupar a las futuras generaciones en tentaciones y odios. El compromiso histórico ha sido tocar la rosa sin espinas de la izquierda más republicana en un momento en el que se derriban vetustos vestigios de una razón impura de cuarenta años. Sin embargo entristece comprobar que esos vestigios se permutan en estos tiempos por otras efigies que delatan revancha, arbitrismo y poca osadía. Las razones se pierden por el excesivo recelo mientras que la Memoria Histórica, la verdadera idea del homenaje, es recordar las almas y las vidas ajenas ajetreadas por un tiempo injusto. Creemos por lo tanto como decía Benedetto Croce, que queramos o no, se indaga el pasado con la mirada siempre puesta en el presente.